Disputa abierta
Balotaje sin mayorías:
Al 97% de las actas contabilizadas por la Oficina Nacional de Procesos Electorales, el primer lugar de Keiko Fujimori no está en discusión. Sin embargo, el segundo lugar, con Roberto Sánchez superando a Rafael López Aliaga por 27 mil votos, no tiene un cierre formal. De todos modos, las proyecciones coinciden en que, aunque con una diferencia estrecha con el tercer lugar, el balotaje será entre Fujimori y Sánchez.
A diferencia de procesos anteriores, en que la campaña de segunda vuelta también inicia sin una conclusión oficial, hemos tenido más de dos semanas de inquietud y acusaciones, que no contribuyen a la crítica situación del país. La resolución de actas observadas por parte de los Jurados Electorales Especiales, mantiene abierto un espacio de incertidumbre electoral, mientras que las encuestas operan bajo escenarios. Esta superposición debilitaría aún más el proceso y a las autoridades electorales.
Los sondeos evidencian que el balotaje se perfila como una contienda abierta, sin liderazgo claro. En la medición de Ipsos para Perú21, el escenario entre Fujimori y Sánchez muestra un empate técnico de 38% a 38%, con un 17% de voto blanco/viciado y 7% de indecisos. El antivoto para ambos candidatos también se mantiene elevado, con 48% para Fujimori y 43% para Sánchez, aunque en el caso de la lideresa de Fuerza Popular este ha caído 11 puntos con relación a inicios de mes, y en el caso del actual congresista, se ha elevado en 5 puntos. En un escenario alternativo, y cada vez más lejano, si la segunda opción para el balotaje es López Aliaga, este obtiene 34%, mientras Fujimori 31%, pero el blanco/viciado sube 10 puntos porcentuales respecto al primer escenario, lo que reflejaría un mayor nivel de rechazo frente a esta combinación.
Por su parte, el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) confirma la misma tendencia de equilibrio. Sánchez alcanza 32% frente a Fujimori con 31%, con un 24% de voto blanco/viciado y un 13% que no define su posición. El respaldo territorial evidencia que Sánchez concentra su fortaleza en Perú rural, con 44%, mientras que Fujimori lidera en Lima Metropolitana con 41%. En un escenario con López Aliaga, el voto blanco/viciado escala también 10 puntos porcentuales respecto al primer escenario, reforzando la idea de una elección que se definirá más por rechazo que por respaldo.
A diferencia de procesos anteriores, Keiko Fujimori no estaría partiendo con una desventaja marcada en segunda vuelta, lo que podría sugerir una recomposición parcial de su techo electoral. No obstante, esto puede ser relativo en tanto su fortaleza sigue concentrada en la capital y en segmentos urbanos, lo que la limitaría para construir una mayoría nacional que le asegure la victoria.
En paralelo, Roberto Sánchez tiene un soporte configurado con mayor arraigo en las zonas rurales y en sectores urbanos alejados, pero enfrenta un dilema más complejo. El candidato de Juntos por el Perú necesita sostener un discurso que articule a sus aliados políticos, sin erosionar su capacidad de atraer votantes indecisos. La moderación del discurso, que se podría esperar como parte de su estrategia de campaña, no garantiza la expansión del electorado. Por el contrario, podría perder a los aliados que hoy le dan respaldo político. En ese escenario, el antifujimorismo terminaría ordenando el voto, más allá de una moderación del discurso.
Las cifras de transferencia electoral, de la primera vuelta al balotaje, reforzarían esta lógica. Según el IEP, un 48% de los votantes de Ricardo Belmont y un 56% de los de Alfonso López Chau migrarían hacia Sánchez, mientras que un 61% de los votantes de López Aliaga y un 35% de los de Carlos Álvarez se inclinarían por Fujimori. El electorado de Jorge Nieto se divide casi de manera simétrica entre ambos. Este patrón confirma una recomposición del mapa político alrededor de bloques más definidos, pero insuficientes para garantizar mayorías. El votante de Nieto, que se configura en el “centro radical”, busca un balance en lo económico y lo político. Este bolsón podría inclinar la balanza, y es probable que apueste por el candidato que mejor capacidad tenga de articular una coalición de gobierno multipartidario.
No obstante, el volumen de voto blanco y viciado es una variable volátil que puede resultar decisiva hacia el final. Su crecimiento, de hasta 10 puntos porcentuales en escenarios alternativos según las encuestas, no es solo indecisión, sino también un rechazo hacia ambas candidaturas. Esto refuerza la idea de una elección donde el resultado puede depender más de quién logra reducir rechazo que de quién amplía la adhesión. Después de todo, ninguno de los dos candidatos supera el 20% de respaldo en primera vuelta, lo que configura un balotaje con baja legitimidad de origen. El próximo gobierno, independientemente de quien resulte electo, deberá saber construir una coalición amplia que le permita tener margen de gobernabilidad. La experiencia de los últimos años revela que el principal factor de inestabilidad radica en la relación del Ejecutivo con un Congreso fragmentado y con alta capacidad de bloqueo.
Por último, el Parlamento saliente, con un número significativo de congresistas que no han resultado reelectos, entra en una fase de “cierre de ciclo”, donde se puede esperar que predominen las agendas particulares, por encima de equilibrios políticos. En ese sentido, congresistas vinculados a centrales sindicales, como Sigrid Bazán, Isabel Cortez, y el mismo presidente de la Comisión de Trabajo, Alex Paredes, intentan avanzar con sus iniciativas vinculadas a reformas laborales.
De esta manera, nos encaminamos a una segunda vuelta marcada por una competencia electoral abierta, una legitimidad frágil y una disputa por el control de la agenda parlamentaria en el período de transición; mientras el electorado se prepara para un balotaje en el que, más que elegir a un candidato, estaría decidiendo quién merece más su rechazo.